Comienzan las aventuras...cuatro años antes.
Angie se ve inmersa en una "operación rescate" originada por un pastel alemán muy truculento, junto a una pareja de la policía local, una señorona, su perro y el Porsche Cayman rojo que la escolta en todas sus andanzas.
¡Pasad un buen rato, en el sentido más amplio del término!
Como siempre, recuerdo les enlaces a la obra completa (y gratis) para su descarga o lectura:
http://www.bubok.es/libro/detalles/14039/quotAngies-Lavaquot
http://www.librovirtual.org/lectura.php?obra=NOV0107
Casi cuatro años antes…
“…la magia existe, pequeña. Si cierras los ojos y te esfuerzas, seguro que puedes transformar el nabo de plástico que escondes en el sombrerero en una auténtica polla de negro judío.”
II- APFELSTRUDEL
El buen tiempo había llegado de golpe, adelantándose a la primavera, sin sembrar los días con esas luminosas pistas que tan bien saben interpretar las esforzadas amas de casa para prever la hora del cambio de ropa en los armarios. Los calores campaban a sus anchas sobre la ciudad, pegándose a las construcciones irregulares. Todo le parecía a Angie demasiado prematuro, ni siquiera había tenido aún la ocasión de llevar a revisar el aire acondicionado de su casita rodante, su magnífico y querido (por los gratos recuerdos acumulados en los últimos dos años) Porsche Cayman rojo, que un atardecer de no hace mucho la dejó a los pies de sus sudores carnales mientras se encontraba junto a un piloto transalpino de altos vuelos y distraída polla en plena faena de dirección de casting, su nueva y más entretenida actividad laboral tras abandonar la docencia definitivamente.
Esta noche, después de pasarse por la casa de su amiga Doris para recoger un delicioso pastel de manzanas que le había preparado con su toque secreto, Angie recorre las calles que la alejan de los buenos barrios con la música a todo volumen camino de su palacete: el Cayman ruge y los rockeros quieren comenzar una guerra contra las chicas mal encaradas:
“I’ve got a war, baby, I’ve got a war with you.
I’ve got a war, baby, so whatcha gonna do! Let’s go!!!”
- ¡Eso, vamos! ¡Venid a por mí, tíos! A ver si me pilláis. ¡Ja!
Angie canta junto a Biff, Raldo y los suyos, las dos manos en el volante, golpeándolo con los dedos y pisando cada vez un poco más a fondo. Su mirada se encuentra fija en el asfalto, pero la vista busca sin cesar la pantallita del móvil que sujeta entre sus piernas en espera de un mensaje que le cambie el rumbo a la noche. Mañana puede entrar más tarde, sólo tiene papeleo y algunas llamadas pendientes por hacer.
“I’m a rock’n’roll asshole and you’re my fuckin’ bitch, yeah!”
En el asiento contiguo, un cuaderno de notas marrón y una pequeña ampolla de un exótico aceite para el baño van meneándose de un lado al otro igual que las caderas de una groupie embutida en cuero negro camino del backstage con la idea de extraer todo el jugo a sus ídolos.
El rabillo de su achinado ojo derecho percibe los movimientos demasiado bruscos de la botella y alarga la mano, cogiéndola justo en el momento que se lanzaba como un mosher de club nocturno hacia la alfombrilla del piso. Angie se queda analizando unos segundos aquel diminuto recipiente sudoroso en la palma de su mano salvadora:
“Me dio uno ya abierto. ¡Bah! Para probarlo cuando surja la ocasión… ¡No llenaré hasta arriba la bañera y punto! Aunque juraría que al entrar en la cocina lo vi nuevecito. Cosas de Doris; como buena alemana querrá ahorrar al máximo.”
Está ágil – tantas horas de gimnasio no sólo le sirven para poseer el mejor culo de entre “las niñas” de la movida– aunque esta vez el rabillo de su otro ojo, el izquierdo, más rasgado aún si cabe, se tragó toda una señal de “stop” durante la “operación rescate” del elixir afrodisíaco. Da igual, la sirena de un coche patrulla situado al acecho junto a unos contenedores de basura ya se encarga de aventurarle que la noche guarda para ella todavía mucho en su vientre. Muchísimo.
Angie mira por el retrovisor, baja el volumen de la música y detiene el coche unos metros más adelante.
“¡Dios, lo que me faltaba! A ver, no hay por qué preocuparse, sonríe como tú sabes, Tita” - la ventanilla desciende dejando entrar en el Porsche parte del calor nocturno mezclado con colonia de “sudor de madero”. Sin permiso, cabeza y casco del agente se apresuran en seguir a esa fragancia tan de película de sesión golfa: se ha metido dentro de ella.
Agente 1: Buenas noches, señora. ¿Su permiso de conducir por favor?
“¡Señora! ¡Otro más! Tanto respeto le resbala a estos 44 añazos de atractivo natural que podrían pasar perfectamente por 32 ó 33, ó 24. ¡Qué educados se vuelven todos cuando me ven!”
Sin dejar de sonreír, apaga el motor, controla la extensión de su escote, endereza sus hombros para que el “botón guardián” de sus pechos sufra un poco más y se aparta el mechón cobrizo de la frente.
Angie: Disculpe, agente. ¿Hay algún problema? ¿He cometido alguna infracción sin darme cuenta?
Agente 1: ¿Me va a decir que no ha visto la señal de stop? Por favor, los papeles. Y salga del coche.
Buena proposición; ella sabe que de cuerpo entero tiene más posibilidades de escapar ilesa del percance. Abre la guantera, coge la documentación y guarda el frasco de Doris con el propósito de ahorrarse explicaciones. Pero el otro agente la está observando por la ventanilla del copiloto y da unos golpecitos en su cristal, señalando la guantera; le hace gestos con los dedos simulando que abre una botellita.
Agente 1: ¿Sería tan amable de mostrarme lo que acaba de esconder con tan poco disimulo?
Angie: Lo siento, pero no he escondido nada. Sólo ordenaba mi coche. ¿Está prohibido?
Agente 2: Mejor estese calladita y entregue esa botella. ¿Bebió mientras conducía?
Angie: ¡Háganme la prueba si quieren! No pretendo ocultar nada. ¡Por Dios! ¿Es que no tienen otra cosa más heroica que hacer esta noche?
Agente 2: ¿En serio que tiene ganas de soplar?
Los dos polis se miran por encima del Cayman rojo sonriendo. Sus botas, porras y reglamentarias parecen crecer junto a su ego de machos uniformados, pasando la documentación y los celos burocráticos a un segundo plano. La prioridad ahora es someter a esa boquita.
Angie se decide finalmente a salir del coche, iluminada con cierta impaciencia por los focos dispuestos a lo largo de la calle: en primer lugar se asoman sus preciosas uñas rojas al aire en el extremo de unas sandalias italianas de plataforma, los tobillos van tirando de sus largas piernas comprimidas en tejanos raídos con tachuelas sobre las costuras de los bolsillos, les sigue piel tostada descubierta alrededor de un ombligo geométrico, a continuación una fina blusa color crema con tiritas verticales algo más oscuras, el botón que
parece no poder más evitar el escape de sus majestuosas tetas y el cuello abierto mostrando su perfecta clavícula, antesala de los ojos oliva más brillantes que uno pueda imaginar. Los policías han estado contemplando la puesta en escena como si de un proceso a cámara ultra lenta se tratara. Cuando Angie se encuentra firme junto a ellos, en pie, sonriendo, la cabeza ligeramente ladeada y la punta de su flequillo liso mezclándose con las pestañas, los dos dan a la vez, y sin darse cuenta, un saltito hacia atrás. Tampoco han percibido que en ese proceso de presentación lisérgica el frasco ha pasado de la guantera a su mano como por arte de magia.
Angie: Aquí lo tienen, para que vean que es totalmente inofensivo a la correcta conducción por la vía pública. Si me he saltado una señal o un semáforo, lo lamento, ha sido un descuido. Prestaré más atención, se lo aseguro.
El cuerpo de la ley sigue impresionado, y es el agente al que conocemos como número 2 el primero en reaccionar, aunque balbuceando.
Agente 2: No…no…esto…no se preocupe, señorita (¡ajá!). Puede pasarle a cualquiera. No hace falta que…
Agente 1: Sí, no es necesario, si…si… continúe si lo desea, no pretendemos importunarla. El stop…igual no estaba ni tan siquiera vigente, del todo. ¡Comprenda, por favor, que actuamos en pos de la seguridad de los vecinos!
Agente 2: Por su seguridad.
Angie: ¡Claro, claro! Muchas gracias, son muy amables. Les prometo que prestaré más atención, aunque deberían dejar expresarse a los pobres e indefensos ciudadanos antes de prejuzgarlos, si me permiten el consejo.
Agente 1: Es cierto, pero no se imagina la gentuza que se mueve por aquí a estas horas de la madrugada. Si no somos directos, la cosa se complica.
Agente 2: Tenga una buena noche. Con Dios.
Y le abre gentilmente la puerta, inclinándose en un saludo que pretende ser cortés, pero que más bien se asemeja a un dolor lumbar en un intento de inquirir hasta dónde le llega el canalillo. Al contemplar tan tierna escena, Angie siente algo de lástima por lo indefenso que se han mostrado con sólo clavarse ante ellos. Al fin y al cabo estaban cumpliendo con su labor, como unos gallitos, es cierto, pero ahora parecen peluches en sus manos. Podría ofrecerles algo del pastel de manzana que guarda en el maletero; conviene tener amigos hasta en el purgatorio.
Angie: Un segundo, agentes. Tengo algo detrás que quizás les apetecería probar. ¿Tienen hambre? Por los malentendidos…
Los dos agentes se vuelven a mirar, desorientados. Sin mediar palabra, atraídos por un magnetismo que no les enseñaron a combatir en la academia, se dirigen a la parte trasera del Porsche, de donde la chica ha sacado una bandejita cubierta con una lámina de papel de aluminio. La retira y descubre un rollito de Apfelstrudel. El agente más alto le aparta el brazo a su compañero y agacha la cabeza para comer directamente de la mano de ella. Se introduce todo lo que puede en la boca hasta que sus labios rozan los dedos de mujer, la cierra y muerde, reincorporándose muy despacio con los ojos vueltos, degustando el inmenso bocado. El otro oficial, algo más menudo pero muy atlético, observa sorprendido la escena. Tras unos segundos en blanco, comienza a imitar a su pareja. Entonces, justo cuando va a engullir lo que queda del rollito, para repentinamente al percibir cómo el otro poli se dobla de placer, o de dolor, y se agarra el paquete con ambas manos. A Angie, sobrecogida, se le cae al suelo el trozo restante del pastel.
Agente 1: ¡Oh, Dios mío! ¡Mis huevos, se me están hinchando! ¡Me van a explotar! ¡Uuuffff!
Agente 2: ¿Qué te pasa, Sancho? ¿Son los gases? ¿Te molestan de nuevo?
Agente 1: ¡Nooooo! ¡Ay! Y la polla… ¡No me la aguanto! ¿Qué me has dado, zorra?
Agente 2: ¡Queda detenida! Tiene derecho a…
Angie: ¡Deje de decir sandeces y ayude a su compañero! Yo no le he dado nada, es un pastel, so imbécil.
Agente 1: No puedo bajarme la bragueta, parece que está enganchada. Y necesito sacarla ¡Mierda! ¡Cómo me arde! ¡Ayúdame, Julio, con la cremallera, joder! ¡Qué alguien me la sople!
Agente 2: Señora, por favor… ¡Haga algo, que es mujer!
Angie: ¡Ni hablar! Inténtelo usted mismo. No creerán que soy tan ingenua.
Agente 1: No es ningún truco. ¡Lo juro! Se me ha puesto una polla que o sale o se me parte. Nunca me había empalmado de este modo. ¡Ayúdeme, por favor! ¿Será un ataque repentino de alergia?
Angie, cada vez más convencida de que el tal Sancho y sus alaridos no son parte de un vetusto plan, opta finalmente por echar una mano; se arrodilla frente al enorme bulto e intenta con cuidado bajar la bragueta del pantalón gris al poli de erección monstruosa sin suerte alguna. Julio se le une en la tarea, pero todo esfuerzo resulta infructuoso.
Una señora de unos sesenta años, elegantemente enfundada en verde botella y chal como si volviera de una boda de alto copete y no hubiera tenido aún ocasión de cambiarse, rubia, con buen porte y labios repintados, se aproxima calle abajo. Su caniche blanco con cara de malas pulgas olisquea las farolas y la arrastra hasta el lugar de los hechos. Al contemplar lo que le parece una mujer y un hombre trabajándose algo meritorio de un tercero en pleno acerado público, siente curiosidad por la escena, se arrodilla también y pregunta.
La mujer del perro: ¿Qué sucede agente? ¿Tiene algún problema? ¡Santa Eulalia! ¿Qué tiene usted ahí dentro? ¿Se le ha metido una rata o algo así?
Agente 2: ¡Un respeto señora! ¡Que está sufriendo! ¿No ve que necesita desahogarse y no le baja ni el pantalón ni la cremallera?
La mujer del perro: ¡Virgen del Monasterio Sagrado! ¡Qué aprieto! ¡Espere, en mi bolso tengo unas tijeras, pequeñitas! Creo que servirán.
Agente 1: ¡Oiga! ¡Cuidado con esas cosas! No vaya a pinchar carne.
La mujer del perro: ¿Carne? Si se diría que en lugar de rabanillo tiene una botella de medio litro recia como el acero. ¡Santa Lima de los Polvos Áridos! Pero no se preocupe, andaré con cuidado: le rajaré los laterales.
Y la sesentona obra en consecuencia. Primero la pernera derecha, luego la izquierda, después justo por encima de la bragueta, y para rematar la maniobra da un tirón a la tela, saliendo toda la parte frontal del pantalón de golpe. A la vista quedan unos bóxers de caballitos y herraduras pringosos, multicolor, y un majestuoso cipote emergiendo por encima del elástico de los calzones. A Angie se le viene repentinamente al paladar el recuerdo de la dulce carne oscura de Totó, ese “chófer aparca chicas” que hace algún tiempo solía acompañar a sus amigas y a ella en sus salidas nocturnas.
Agente 2: ¡Se va a correr otra vez!
Agente 1: ¡Me voy a correr otra vez!
Angie: ¡La leche!
La mujer del perro: ¡Toda para mí! Y acerca la boca al ciruelo mientras le baja los bóxers, apareciendo un tremendo mazo lleno de venas, más ancho por el centro que en la base, enhiesto, apuntando hacia el cielo, con ganas de gritar. Abre la boca para que le caiga toda el jugo dentro, pero el impulso del nabo al correrse envía la lefa a la cara de la mujerona, concretamente a sus ojos, resbalando las pestañas postizas que estrenaba para la boda de su sobrino restaurador mejilla abajo, hasta caer al suelo. El caniche, que había estado entreteniéndose con los restos del Apfelstrudel, comienza a darle lengüetazos a los postizos, relamiéndose el hocico tras degustar el semen policial.
La verga sigue dura, no hay manera de bajar la erección, y la anciana no piensa desaprovechar tal oportunidad. ¿Cuándo volvería a encontrarse ante una barra sin fin como aquella? Chupa y masajea con desenfreno, escupiendo saliva para mojarla y que no se le irrite ante tanta fricción. Está a cuatro patas, el atlético agente Julio comienza a desear el pandero redondo como una torta gallega de la anciana; sin necesidad de probar el pastel. Pero debe competir con el pequeño chucho blanco, que ha dejado de chuparse el sexo y ahora pretende montar a su dueña, llenándole el verde botella de leche animal. El policía le da un puntillazo y manda al perro a hacer puñetas: es su turno.
Angie, que no puede evitar sentirse acalorada, reconoce que sobra en ese intercambio loco de fluidos: da media vuelta y se dirige a su Porsche. Cuando llega, encuentra al caniche junto al guardabarros, jadeando, mirándola con ojitos tristones.
Angie: ¡Qué penita, mi cielo! No te preocupes, seguro que en casa te dará mamuchi otra oportunidad, cuando su marido se quede dormido y ella no sepa cómo borrar las imágenes de su aventura sorpresa. ¡Dios santo, vaya fauna nocturna anda suelta a estas horas!
Sube al Cayman, lo arranca, pone música - el cd que había dejado a medias - y suena “Let’s Go To Hell” de Backyard Babies, nada más apropiado para ese momento. Por el retrovisor observa cómo el policía insaciable embiste a la dama, que ha perdido los tacones, contra el capó del coche patrulla, le abre el vestido, la inclina, estrujando sus blancas tetillas sobre la chapa recalentada del vehículo, y comienza a darle por el culo mientras le mete la porra por el coño; la boca la tiene ocupada tragando la polla del otro agente. Angie le baja el volumen al rock ‘n’ roll tras sentir la vibración de su móvil; acaba de recibir un mensaje de su buena amiga Lisa.
“Hola, guapa. Estamos en Trafalgar. Lucio nos ha invitado al concierto de Safari Cowboys y ahora estamos tomando unas copas en su camerino. Son muy simpáticos. ¡Tranquila! Aunque se ve poco por el humo, creo que todos llevan los pantalones puestos. Aún. ¿Te acercas? Les he hablado de ti y quieren conocerte. ¡Venga Angustias! Te voy pidiendo una cerveza...”
Angie sonríe, guardando de nuevo el móvil entre sus muslos; canta en voz alta mientras piensa y conduce a buena velocidad por las calles demasiado desiertas para no ser tan tarde.
Pasados unos minutos detiene el coche en seco; desciende, se dirige al maletero, lo abre y coge el otro rollito de manzana aún intacto. Al contemplar el dulce mágico de su amiga no puede evitar volver a sonreír; sus ojos se le inundan con aquel brillo suyo tan propio– ahora lo entiende todo: de ahorradora nada, más bien generosa con los condimentos. Se encoge de hombros y le da un pequeño mordisco en una esquinita, arrojando a continuación el Apfelstrudel sobrante a la cuneta.
El coche brama tras realizar un giro decidido de 180º grados, no quiere que se le caliente la cerveza en el Trafalgar. El Cayman y Angie aceleran y se meten en la boca de la noche.
“She’s back and loaded!”
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Hola Woody!!
ResponderEliminarEncantada de estar aquí y volver a leer estas parrafadas. Yo leí el libro con el calorcito estival, así que, recordarlo ahora me reconforta (jeje)
Un abrazo!!