domingo, 24 de enero de 2010

Capítulo 6: Hoja arrastrada por la cellisca

Por cierto, no sé si ya os he comentado que la foto de inicio, la del vaquero, es de la auténtica Angie...

Bien, vamos a lo que vamos: nuevo capítulo, nº 6. En este, los dejamos solitos a los dos, a Ermond y a Angie, en su cabaña del bosque, un lugar ahora cálido pero que más adelante se convertirá en el escenario tétrico de sus subconscientes. Pero eso será más tarde, estos días están pensados para comer con los dedos y sin servilletas, ni papel...el papel mejor para otros fines.
¡Buen provecho!

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VI- HOJA ARRASTRADA POR LA CELLISCA

Se agolpan contra el ventanal las densas gotas de una borrasca repentina cual muchedumbre necesitada del aire luminoso de aquella habitación. Están nerviosas ante la fortuna de poder saciar la inquietud que en ellas despiertan esos elegidos por un Dios olvidadizo, maniático, velador de tremendos finales inesperados, distintos para cada uno de ellos. Pero su vida es breve, insuficiente: el corto tiempo que perdura el agarre antes de que se deformen al resbalar por el cristal húmedo de un noviembre áspero, empapándolo más aún y abriendo sitio a nuevas gotas con renovado asombro.

Angie las contempla desde el interior, sentada en el alféizar; pretende recontarlas como quien suma las odas victoriosas. Lo echa de menos. Dirige la vista hacia la cama para comprobar que sigue allí, durmiendo, con su guardia flotando sobre él. Hace apenas minutos se encontraban exhaustos el uno en el otro, desgravitados y sin prisas, tal como habían aprendido a quererse. Un ligero escalofrío recorre su hábil desnudo y aprieta las rodillas contra su pecho; se cierra la manta sobre los hombros que han iniciado ya el desgaste de la efervescencia.

La escasa luz de las velas esparcidas por la cabaña reflecta en las paredes sombras semejantes a un público febril en los vomitorios de un teatro griego; enanitos negros y amarillos abrumados ante la tragedia que han de presenciar. Ese es su temor.


“Me ha supuesto tanto esfuerzo reconocerme a mí misma, respetarme tal como soy, librarme de las malas enseñanzas, tragar el sabor de lo caduco, sentirme mujer y persona, confiar en alguien, admitir la grandeza del placer…”


Lleva el dorso de las manos a su nariz con la idea de memorizar el olor recogido, por si algún día le hiciera falta recordar ese aroma al volver a casa y él ya no estuviera. Es todo lo que percibe, el suyo propio ya lo perdió al utilizarlo como refugio subcutáneo a modo de tatuaje indeleble.

Le resulta excepcional el cariz que estaban adoptando los acontecimientos desde que lo conoció una típica noche repleta de vapores, sorbetes y golosinas. Ahora, la sed de locura externa, los desafíos, los uniformes, la velocidad, han dado en parte paso a una retirada hacia un cariño enigmático para dos personas que no compartieron ni los juegos en el parque, ni los poemas adolescentes, ni el primer hurto.



“No sé si estoy cometiendo un error, pero resulta tan fácil dejarse llevar… Todo cobra sentido, como si fuera parte de un juego planificado por un Ser Supremo que se dedicara en sus ratos libres a dibujar círculos anómalos. Quizás deba reconocer que se trata del final de una etapa que me permitió diluir los viejos reproches a decisiones erróneas. Puede que ahora una nueva Angie se abra paso, más prudente y firme, capaz de exponerse a una relación crédula, huérfana de miedos, dispuesta a absorber todo lo que reciba, y a dar, ofrecerse a él. Su interés por mí así me lo exige.”



Tras almorzar en la casa rústica de un viejo conocido, cada vez más viejo, habían vuelto al bosque con la idea de corregir juntos el esbozo de lo que debería convertirse en el guión de su nueva película, con título provisional “Hulelm”, hasta que las risas, las miradas, los besos en la frente, en los labios, el juego de caricias… formaron los primeros remolinos en el exterior.



“Si me descuelgo… ¿terminaré arrastrada como una hoja en esta cellisca?”



Ermond se ha despertado y ahuyenta con las manos los restos de los sueños en su cara.



- ¿Estás bien, Angie? ¿Qué te sucede?



Se levanta y la besa en el nacimiento del cuello. Ella le coge sus manos para llevárselas a la mejilla.



- Estoy perfectamente. Sólo pensaba en lo a gusto que me encuentro a tu lado. ¿Sabes, Ermond? Es extraño…parece como si conociera ese sentimiento de toda la vida, y te puedo prometer que es algo nuevo en mí. Ni con Pablo ni con ningún otro hombre me he visto tan carente de miedos y prejuicios, tan segura.



Ermond le retira levemente la manta; pasa de la nuca a los hombros y le acaricia con sus labios la columna vertebral.



- Te quiero, Angie. Me gusta pasar el tiempo junto a ti, observándote; de alguna manera eres distinta y tú lo sabes. Me cuesta aceptar la existencia de una persona que conserve y regale tanto ímpetu, pero…seguirte resulta emocionante, y tu entrega sin mesura, cómo te expones…es auténtica valentía, son verdaderas ganas de vivir. ¿Te has fijado en la luna de hoy? Tan obscena y carnosa…



Angie percibe el calor de su torso al usarlo como abrigo en lugar de la manta, que yace en el suelo. Ermond deshace el abrazo para aclarar el cristal, pero el vaho se acumula afuera.



- ¿Te ha parecido entonces válida, la historia? Puedes ser franca. ¡No! Te lo ruego. Muéstrate ante este pobre aprendiz con toda tu dureza. Eso me hará comparecer de una forma más convincente cuando entregue el guión en la oficina. Aún dispongo de casi siete semanas hasta la reunión del equipo para cambiar lo que tenga que cambiar.

- ¿Cambiar? Yo lo tiraría directamente a la basura. Quiero decir… se ve que está trabajado, pero no va más allá del fruto de un par de buenas pajas mentales; típica literatura para “hombrecillos cultos”. ¡Vaya regalo de cumpleaños! ¿Y cómo pretendes que realice un casting a flores parlantes, sombreros con vida propia o perros con doble sexo? Estás…



Ermond se retira tres baldosines. La observa con aire sentencioso, introduciendo todas las palabras que se le ocurren en la vía abierta entre sus ojos de miel y los verdes olivo de la instructora. Y lanza una carcajada.



-¡Casi me lo creo! Te ha gustado, lo sé por cómo te acariciabas la frente mientras lo leías. ¡Anda! Vamos a meternos dentro de las sábanas, hace frío, ¿no?

- Como quieras, pero que sepas que me niego a realizar ese casting. Y si yo no lo hago, no habrá película.

- ¿Te puedo convencer de alguna forma? He estado haciendo gimnasia y…




Angie corta la frase tapándole la boca con su lengua. El cierra los ojos y se deja arrastrar.



- Dime, Tita. ¿Son ciertas las historias que se cuentan por ahí de ti?

- ¿Qué historias?

- Pues de todo tipo, pero abundan las de índole sexual. Eres una leyenda. ¿No lo sabías? Me gustaría conocer mejor a la persona con la que estoy.

- ¡Qué gilipollez! A la gente le encanta chismorrear.



El se incorpora para darle más peso a sus palabras.



- Angie, pocas mujeres poseen tus tobillos, tus piernas, tu culo, tu vientre, tus caderas, tus tetas, tu cara, tu cabello… ¡Tu coño! Yo diría que ninguna. ¿Me ama una especie de diosa? ¿Me lo puedes aclarar? No sé, dame alguna pista; serías la prueba de que existe otra dimensión.

- Estoy hecha de carne y hueso, creo que ya lo has comprobado.

- No me refiero a tu materia prima, sino a tu dualidad “cuerpo y espíritu”. ¿Me entiendes? Eres deslumbrante, tienes una fuerza arrebatadora. No dejas piedra sobre piedra. Y sé que a veces utilizas tu magia con nosotros.


- Es posible, pero te repito que soy tan real como cualquier otra. Si conocieras lo que ha sido mi pasado no te quedarían dudas. Acabo de cumplir 45 años, llevo 3 cuadrando mi vida. Cuando pensaba que lo había conseguido llegas tú, con tu atrevimiento, la falta de pudor a la hora de utilizar tu sutileza, tu creatividad y… ¡tu polla! Es cierto que últimamente he estado con varios hombres, pero te soy sincera si te reconozco que nadie me ha satisfecho de la manera que tú lo haces. Por una sencilla razón.

- Déjame que yo la diga: es amor y sexo indisolubles. Preciosa, cada vez estoy más seguro de que nos diseñaron el uno para el otro.

- Lo que se te ocurre… ¿Dónde te enseñaron a hablar así?

- Fue Charlotte.

- ¡Aaaah! ¿Saliste con Lotte, mi jefa?

- Pues… ¡Contéstame a esto primero!: un tipo nos relataba no hace mucho, durante las copas, tras una cena asquerosamente vegetariana, cómo la inaccesible Angie acompañó a su hotel a dos famosos tenistas una noche y subió con ellos a la habitación con la idea de comprobar las exactas medidas de la cancha de juego. Fue un “grand slam” fantástico ¿verdad?



Angie sonríe, le besa el pecho y lo empuja con los labios. El se desploma sin resistirse. Lo observa recostada de lado; con una mano sujeta su cabeza, con la otra le agarra el pene y comienza a masajearlo muy suavemente, quiere disfrutar de la cálida llegada de su rigidez.



- No sé lo que habrás oído por esos cafés de geniecillos, pero…estuve con ellos, es cierto; había comido un poco de un dulce alemán único, luego sucedió todo a una velocidad vertiginosa. Fue algo especial, sexo por sexo. No era la primera ocasión que me acostaba con varios hombres, pero esa noche resultó de una intensidad tal que…. cuando se dan las circunstancias, llega un momento en que caen todos los prejuicios y se actúa de manera muy primitiva. La verdad es que estuvo bien, me sentí saciada, ya sabes, recibes y das doble placer. ¡Y ellos estaban en forma!



El buen ejemplar de Ermond aborda la ebullición; el pene se esfuma dando paso a una adecuada polla. Ella sigue masturbándolo, a su manera tan especial: firme y lentamente.



- ¿Y tú? ¿Eres pura fantasía o tienes alguien que te inspire?

- Uuuuuummmm, Angie. Eres increíble. Me estás poniendo... ¿Qué me haces? ¿Quieres que te cuente cómo conseguí mi primer trabajo, mi primer guión, eso es?

- No estaría mal para empezar.



Ahora es Ermond quien actúa. Cierra los ojos al sentir la humedad del sexo femenino entre sus dedos. Lo confina en su mano, abre los labios con el índice y el anular y deja que el corazón presione el clítoris de su amante.



Al tomar la palabra le pasa los dedos mojados a Angie por la lengua para que chupe de ella misma.



- ¿Conoces la pequeña tienda del centro donde venden alfombras de Nebek, de un tal Daúd, junto al restaurante indio ese al que íbamos? Allí trabajaba una pipiola bastante linda, una francesa, que en ocasiones hacía de actriz secundaria para la productora. Pues entre alfombra y alfombra entablamos una buena amistad y… estas cosas a veces suceden así, sin planearse: una tarde que su jefe nos dejó solos para complacer a una vieja que necesitaba de alguien que le llevara unos tapices al coche, nos metimos en el almacén y echamos un polvo rápido de quitar el hipo; creo que estábamos hasta arriba de preámbulos. Después de eso no fui más a visitarla, pero ella tuvo la delicadeza de entregar a Charlotte mi guión y…

- ¿Y…?

- Pues que gustó y apoyaron el proyecto al máximo. Lotte quiso conocerme más a fondo y yo…le aclaré las ideas. Supuso un empujón importantísimo en mis comienzos dentro de este mundillo. ¿Es eso lo que deseabas oír?

- ¿Empujón, aclarar ideas? También te la has tirado, ¿no?

- ¡No! Conmigo sólo quería sexo oral. Era buena, pero no tanto como tú. Te toca.



Se hace un poco de afonía en la habitación que aprovechan para besarse en la garganta. Fuera sigue el viento rodeándoles.



- He dado clases de tango.

- Ya claro, y te follaste al profesor. Esa no vale, está muy trillada. ¿O la estás cogiendo directamente del cuadro de tu querido Kees Van Dongen que tenemos encima?

-¡No! ¡Y tampoco me follé al profesor! Fue Lisa quien lo hizo, yo me dediqué a…los urinarios eran los mismos para todos, cuando finalizábamos, lo primero que él hacía tras despedir a sus alumnos era ir a miccionar.

- Se dice “mear”.

- Pues eso, “mear”, como tú quieras; yo esperaba en el rellano y volvía sobre mis pasos como si se me hubiera olvidado alguna cosa, me metía en el wáter de al lado y escuchaba su meada. Por la potencia con la que soltaba el chorro le suponía un buen manubrio, entonces…

- ¡Buuufffff! ¡Eres temible! ¿Te atraen esos temas?

- No lo sé, no me detengo a pensarlo. Dejé hace tiempo de preocuparme por mis reacciones; no hieren a nadie, ¿no crees? ¡Oye! Se te está poniendo enorme. ¿Y a ti te excitan esta clase de relatos cochinos?

- ¡Que si me excitan! Estando tú de por medio… Como aumentes un poquito más el ritmo de la muñeca vas a ver lo que sucede.

- ¿Quieres que te cuente lo que me ocurrió un día al salir del gimnasio, de la “sala de máquinas”? Había un tipo calvo, estaba cuadrado, y me llevaba marcando desde hacía algún tiempo. La verdad es que estaba buenísimo, el cabrón. Por cierto, ¡tú no me has visto aún en mallas! Te ibas a quedar… Y una noche, cuando terminamos las clases, se encontraba esperándome junto a su moto, frente a la salida.

- Angie, por favor, detente.

- Que detenga qué, ¿la mano o la lengua?

- ¡Las tres cosas! Digo las dos…esto… la historia; deja la mano y usa…

- ¡Calla! Ya voy a terminar. El calvorota no soltaba prenda: se montó, se puso el casco y me invitó a acompañarlo, pero yo me quedé de pie junto a la máquina de refrescos. Entonces se bajó la bragueta y sacó de ahí…

- Pssssss. ¡Ya está bien! Anda, súbete, corre.



Angie sonríe victoriosa y obedece sin rechistar. Despide un profundo jadeo al sentir cómo su miembro la separa; disfruta del enorme placer que le causa el roce de esa gran polla por sus paredes internas. Inmediatamente percibe la diferencia entre lo experimentado en sus encuentros fortuitos y la pasión que en ella despierta ser follada por ese hombre. No se trata simplemente de follar, es recoger dentro de sí misma por medio de ese acto toda una serie de deseos, anhelos, ilusiones, gustos compartidos, planes en común, confianza mutua, felicidad. Los dos están preparados para alcanzar el clímax y lo hacen al unísono, prolongadamente. En el momento de caer cada uno en los brazos del otro, las velas se retiran casi por completo; sólo un par de ellas mantienen una ligera llama. Los espectadores de la tragedia griega se encuentran ya pues en los vomitorios, y tan sólo la sombra de una hoja proyectada por los haces de la luna, que ha quedado atrapada entre la maraña de la humedad del ventanal, cuelga del rincón derecho como testigo de la cellisca en el bosque y en el cuarto. Premonición.



- Angie, lo próximo que escriba creo que será una historia tórrida, basada en nosotros. Te quiero, buenas noches.

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